El artículo 25 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos estipula que «Toda persona tiene derecho a un nivel de vida suficiente para garantizar su salud, su bienestar y los de su familia, especialmente para la alimentación, el vestido, el alojamiento, la sanidad y los servicios sociales básicos».
En el momento en que el valor de las materias primas estalla en los mercados mundiales, este derecho a la alimentación es escarnecido por el modelo económico neoliberal impuesto por la fuerza por el trío infernal formado por el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y la Organización Mundial del Comercio (OMC). Después de una reducción muy importante de los valores durante más de veinte años, la tendencia dio un vuelco en el segundo semestre de 2001. En primer lugar en el sector energético y el de los metales, y a continuación se dirigió a los productos alimentarios. Las subidas son enormes. En un año, los precios del arroz y el trigo se han duplicado. El barril de petróleo llegó a 115 dólares, la onza de oro a 1.000 dólares, el celemín de maíz a 6 dólares. Las existencias de cereales son las más bajas desde hace un cuarto de siglo. El coste de la comida subió de manera tan desorbitada, que en más de treinta países las poblaciones han salido a las calles para gritar su rebeldía.

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