
Quien observe el país en estos días y no nos conozca, dirá que el mundo se está acabando.
Todo el mundo amenaza con huelgas que destruirán el planeta si no se le resuelven sus problemas específicos de clase; los funcionarios del Gobierno cuya magra obra está a la vista de todos, ofrecen cócteles y actos públicos (algunos con la presencia del Jefe de la Administración Pública), para señalar sus logros y rogar de esa manera, por la permanencia en el empleo o en otro mejor, pero siempre pegado a la ubre nacional.
Quien mire el calendario se dará cuenta que es que estamos en agosto, a pocos días de la juramentación del nuevo Gobierno y nadie quiere quedarse fuera del pastel.
Si fuera un real cambio de Gobierno, con nuevo partido y nuevos jefes, la escena fuera distinta: los que estuvieran en huelga de hambre y demás artilugios fueran aquellos que temen quedarse sin cobrar sus acreencias al Estado, porque aquí "las deudas viejas no se pagan y las nuevas las dejamos que se pongan viejas".
Estas peripecias las hemos vivido y las seguiremos viviendo, mientras el Estado dominicano siga siendo ley y árbitro de la vida nacional. Mientras desde el Gobierno se regale gasolina, se donen guaguas, se otorguen permisos sin permiso y sea un mercado de prebendas donde todos van a buscar.
El presidente Fernández, sin embargo, deja que las pasiones se desboquen porque todo eso lo apuntala y lo bueno es que los desbocados no se dan cuenta. A. Tejada (DL)

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