El ejercicio político tiene que ser menos descarado. El aprovechamiento de los recursos públicos para aumentar el patrimonio particular o político de los dirigentes, al parecer, ya no es la excepción. La asignación de recursos presupuestarios para sostener los compromisos clientelares de los senadores y diputados es irritante, porque pervierte la esencia de ser legislador. El barrilito, aún bien usado, es una afrenta. La información de que muchos de los legisladores están usando esos recursos para nóminas familiares debe decretar el principio del fin de esa anómala práctica. Es la hora de que la política sea una ocupación más seria. hfigueroa DL

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