Quemar libros es un acto de violencia y un triste ejemplo de cómo el hombre se resiste a evolucionar

El fuego purifica. El fuego destruye. Todo depende en qué onda esté el pirómano de turno y cuál sea el motivo de su arrebato.

En cualquier caso, quemar libros -además de destruirlos- es una solemne estupidez. Por eso, y afortunadamente, alguien convenció al pastor Jones de que la idea de quemar coranes un 11 de septiembre no era lo más inteligente. (Como tampoco parece lo más oportuno levantar una mezquita en la Zona Cero de Nueva York o quemar banderas de Estados Unidos en los países árabes.)

Quemar libros (cuando no basta con prohibirlos) es un clásico. Es la demostración de intransigencia última. Quemar el saber, quemar el pensamiento, prender fuego a las ideas. Todo denota la intención de destruir la libertad. Es un acto de derrota que marca la cerrazón de todos los fundamentalismos, especialmente religiosos o nacionalistas, que son los dos grupos más aficionados a la quema de volúmenes incómodos.

Fahrenheit 451, el título de la novela de Ray Bradbury es la temperatura a la que el papel de los libros se inflama y arde (233º C). Ese límite que marca la combustión simboliza la delgada línea que no hay que cruzar.

En un mundo cada vez más global, los nacionalismos se exacerban. En un mundo cada vez más tecnológico y científico, las religiones se extreman. Quemar libros nunca ha detenido las ideas. Eso sí, es un dispendio, un acto de violencia y un triste ejemplo de cómo el hombre se resiste a evolucionar. IAizpun/DL
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