Cualquiera que sea el resultado del escrutinio, lo importante es retener que en democracia la oposición, si es responsable y sabe oponerse, constituye, de hecho, un auxiliar del buen gobierno: advierte de desviaciones, denuncia males, despeja dificultades, allana caminos, propone soluciones y, en general, va de la protesta a la propuesta. Ayuda, en fin, a evitar la canibalización de la política.
Gobernar no se reduce sólo a la dimensión gerencial de administrar recursos públicos. Es, sobre todo, dirigir a los ciudadanos, conducirlos hacia una situación satisfactoria de existencia, aspecto que refleja las decisiones que orientan el curso de las políticas y programas con los que se identifica, en la práctica, toda gestión.
El buen gobierno, el que procede de la manera adecuada en el momento adecuado, conjuga ambas dimensiones y trasciende, por tanto, los angostos límites de las oficinas administrativas para constituirse en referente obligado del liderazgo moral de la nación.
Hay en el buen gobierno al que aspiramos rasgos intangibles que a la hora de rendir cuentas inclinan la balanza en un sentido o en otro: la rectitud y la integridad, la energía y el autocontrol, la visión de futuro y el modo de hacerla presente.
El reto nacional de hoy consiste en atinar en la elección de un buen gobernante. Convirtamos el sufragio en un gran pacto ciudadano para restaurar el ideario perdido y hacerle camino a una visión de largo aliento. La decisión es nuestra. Fuente: clave digital
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